jueves, 3 de mayo de 2012

Una verdad desagradable


(Perspectiva sobre la pereza, la televisión y los intelectuales de mi generación)

Sucede que la noche anterior tuve la desagradable suerte de presenciar una de las tantas discusiones de mi hermana con mi madre. Resulta que todo nació a raíz de la incapacidad que tiene mi hermana menor para respetar las reglas convencionales de comportamiento que todos conocemos como “buenos modales” para con cualquier otro tipo de ser vivo a base de carbono (incluyendo su/mi propia madre, claro está) ¿El resultado? Un par de palabrotas con tono alzado y el inexorable desenlace en que mi hermana dio por finalizado sus alegatos con la más odiosa premisa que pudo haber nacido de su poca intelectualmente desarrollada base argumentativa: “así me criaste”
Mi madre, por supuesto, se ofuscó de lo grande y de inmediato puso en tela de juicio dicha afirmación. Pero luego de haber sido testigo durante diez y seis años de la crianza de mi hermana por parte de mi progenitora, la verdad es que no hubo cabida real para refutar la veracidad de dicho enunciado.
Como les dije en un comienzo, la discusión fue desagradable y de pésimo gusto, pero cupo preguntarme finalizada esta, si ¿acaso no es la misma excusa que usan todas las personas a fin de justificar existencias completas, incluyendo pequeñas discusiones de pasillo?
El sistema está formado y no se puede luchar contra él; o quizá si se puede, pero no se ha de lograr mucho contra la corriente. Inclusive, sí se podría llegar a lograr algo (quizá) pero con el tiempo, el mismo sistema terminará por contemplar cómo la vorágine de la economía y la presión social aniquilará todo utópico sueño idealista que se atreva en su momento a luchar contra lo establecido: como un salmón que nada cuesta arriba la cascada para terminar siendo devorado por un paciente oso que lo espera en la cima.
No hacemos nada por cambiar las cosas, porque así nos hizo la sociedad.
¿Será entonces que el triunfo de la mediocridad se debe a la pereza o a nuestra crianza? ¿Y que la caverna de Platón fue una triste epifanía futurista que define nuestra era?
Hacemos nada por pereza, y tenemos el descaro de disfrazarlo tras una negra capa de justificaciones basadas en la supuesta imposibilidad de oportunidades que nos niega el sistema.
¿Y eso es todo? ¿Es esa la verdad? Pareciera que sí: es mucho más fácil revolcarse en el lodazal de la “depresión” y el pesimismo evidenciado en nuestro propio diario vivir, que hacer algo por cambiar las cosas.
¿Será entonces que Jean Paul Sartre no cometió un error al definirnos con exactitud como una pasión inútil?
Pues claro: “La felicidad nunca es grandiosa” escribió una vez Aldous Huxley (y cuanta razón tenía) Y ésta excusa, nos presenta la tragedia por excelencia: nosotros como héroes trágicos luchando contra el mundo.

Muy a lo griego.

Pero punto aparte de la aparente verdad que nos provee la afirmación anterior, a veces da la impresión de que no somos más que tontos autómatas sin capacidad para pensar por nosotros mismos: esclavos de los beneficios impuestos por la modernidad y crédulos ante los gigantes del sistema comunicacional utilizado para la difusión entre las masas del sentimiento de inseguridad social y dependencia hacia los medios políticos/corporativos, conocido por todos como “noticiario central”, que vulgariza y parodia la presentación e información de los hechos cotidianos, presentando una dualidad de casos que tienen como fin masificar el sentimiento de TERROR, y luego hundirnos en una burbuja social que nos da para hablar en la oficina - sin caer en el mal gusto de lo que nadie quiere oír, por supuesto - con noticias como la guerra de Irak, las ojivas nucleares de norcoreana, y la cantidad de silicona que se puso en las tetas la modelo de turno. Noticias que nos dan de qué hablar, mucho más adecuadas a nuestro afán de escapar de la realidad, que aquellas más “cotidianas” que nos muestran cómo niños venden su cuerpo por un poco de pasta base a la vuelta de nuestra casa, o de cómo nuestras hijas abortan a la consecuencia de una borrachera en la fiesta de graduación.

La gente inteligente discute ideas.
La gente normal discute eventos.
La gente idiota critica personas.

Pero nosotros aceptamos, creemos y juramos pie juntillas la importancia de los eventos presentados por un canal católico o uno que maneja el gobierno de turno, por cuanto las aceptamos como “verdades” y “realidades”; no como apariencia. Pero está bien; tenemos justificación: así nos criaron, y nada podemos hacer: como hombrecitos con tazas de baño en vez de sesos, recibiendo la mierda que escupe un político care raja que habla la TV.
Después de pensar en tanta y tanta mierda, uno se vuelve a preguntar si es por pereza o por comodidad que la gente sigue ahí: sentada frente a la pantalla de la televisión soñando con la fantasía que nos venden: ser algún día poderosos millonarios, famosos actores rodeados de mujeres, o grandes estrellas de rock. 

La publicidad nos hace desear coches y ropa.
Tenemos empleos que odiamos, para comprar mierda que no necesitamos" 1

Y así dicha propaganda mediática desarrolla su poder en base a las apariencias que desarrolla en la pantalla, bombardeando con mensajes a los televidentes a fin de controlarlos, siendo éstos (la TV) dueños de la diversión que traducimos en nuestra felicidad porque, por mucho que quieran controlarnos, finalmente somos nosotros mismos quienes aceptamos como “verdades” y “realidades” dichas apariencias.

Pan y circo dijo César.

Pero ojo: para escapar a esta desagradable realidad que nos humilla y rebaja a un estado de servidumbre y mansa esclavitud aceptada, la misma TV nos brinda la oportunidad de excusar nuestro consumo de mierda con canales especialmente hechos para gente de mayor corte “intelectual”: Discovery chanel; History chanel; TV senado y al menos cuatro canales de noticias todo el día... programación especialmente hecha para usted, que no gusta de los típicos y estupidizantes programas de farándula, y aspira a la adquisición de la mayor cantidad de conocimiento posible, sentado frente a la caja tonta todo el día; salvando al mundo desde la comodidad de su sillón favorito en su hogar. Así que no se sientan mal: hasta los que se dicen “intelectuales” siguen pegados a la pantalla de la televisión; aunque claro: fue ella misma quien dice qué es para gente inteligente y qué es para los bobos. Y nosotros seguimos creyéndolo pie juntillas porque claro, no queremos vernos alejados de lo que opina la mayoría. Y cuando los ojos ya no nos dan más de tanta impresión fenoménica y logramos apagar a caja tonta por un instante, nos damos cuenta de lo vacías y miserables que son nuestras vidas: de que nunca seremos los millonarios, actores y estrellas de rock que nos dice la TV que debemos aspirar a ser, y caemos presos de nuestra tristeza; y nos damos cuenta de que estamos enojados; y pensamos que las cosas no deben seguir igual... pero volvemos a prender la televisión, y nos sumergimos nuevamente en el morbo de vivir a través de aquellos que parecen tener una vida mejor que la nuestra; de los que tienen la vida que nosotros queremos tener: expectantes a la próxima entrega del circo de la prensa del corazón. 
Y si no es lo anterior, nos amargamos, nos alejamos de todo: profesamos el odio por la sociedad, la anarquía (infundamentada) y queremos volvernos como Nietzsche o como Sartre. Y es en ese punto en el que el nuevo virus de nuestra época ataca nuevamente: desarrolamos el sindrome de House.

Para aquellos que no estén familiarizados con dicha terminología, Gregory House es el protagonista de una serie de ficción en la cual un patético – aunque increíblemente inteligente y asertivo – médico hace gala de un sinfín de razonamientos intelectuales de lo más insidiosos posibles a fin de burlarse de cuanto ser viviente existe. Amargado, cínico y sarcástico, ha resultado ser de lo más atractivo para prácticamente todo el mundo, volviéndose algo así como el héroe de nuestra generación.

Ahora bien, ¿por qué decidí llamar así al fenómeno que en cuestión? Pues fácil: la exacerbación del sarcasmo, el ingenio literario dipsómano y las formas políticamente incorrectas resultan ahora virtudes necesarias para todo aquel que intente hacerse de un nombre dentro de la historia natural de los cronistas sociales o de los escritores prolijos de la vanguardia moderna: ahora es término necesario ser desagradable para caer bien y ser considerado un genio. (me pregunto qué pasaría si un día yo comienzo a insultarlos y burlarme de ustedes: sabiendo que en el fondo tngo la razón del por qué lo hago... me amarían también?) Y gracias a esa verborrea coprolálica de la que son capaces la mayoría de los “neo intelectuales” que se ven día a día, en la que no hacen más que repetir trilladas frases de modernos y contestatarios filósofos y pensadores, se ha desarrollado un pesudointelectualismo del cual son víctimas predilectas los universitarios y humanistas en general. De esto, y del intento de parecer anti sistémicos, vanguardistas y contestatarios, nacen diferentes patrones de comportamiento denominados como “anti”: el intento de revivir el pintoresquismo estético de los impresionistas franceses del siglo diez y ocho y la moda de los “nerds” por citar algo de la “antimoda”; cualquier tipo de escrito que contenga muchas veces la palabra “pene”, “vagina” o “mierda” se convierte ahora en un tipo de “antiliteratura” (y sólo Dios sabe qué ha de pensar de esto el maestro Parra) y así muchísimos ejemplos más.
Todos quieren ser Sartre y rechazar el nobel; todos quieren ser Kafka y suplicar en el lecho de muerte que sus obras sean quemadas... a esta nueva raza – supuestamente anti sistémica - todos los admiran por parecer algo distinto y que, al incluir en su oratoria palabras rebuscadas que tú no conoces y repetir de memoria frases célebres que pudiste leer en el baño de algún bar o de la universidad misma, el normal de la gente los considera más inteligentes, pero no tanto como para no comprenderlos... justo como en el caso del cuento de “El traje nuevo del emperador”.
Objetivamente, no es que tenga algo con el “anti”: me profeso un ferviente admirador de la anti poesía del maestro Parra; sino más bien es un repudio a la significación que ha llegado a tener dicho término por cuanto se ha prostituido más y más en la boca de infinitos personajes que intentan representarse a sí mismos mediante alguno de los métodos de clasificación simplista que las personas parecen considerar tan importantes.
Ahora bien: puede parecer que me presento agresivo y soberbio ante el tema; haciendo gala de la misma ceguera que critico y desparramando mierda y desmereciendo al tratar de “pseudointelectuales” a otros, pero no es mi intención contagiar a los demás con mis prejuicios personales, sino más bien promover una cultura que adquiera el hábito del pensamiento propio y divergente. Es absolutamente correcto revivir las enseñanzas de antaño que fomentan la pasión intelectual, pero hay que tener cuidado de aquellos que no hacen más que colgarse de la aparente unicidad que fingen, recitando discursos y oratorias ajenas sin lograr una postura propia. Si bien podemos identificarnos con uno u otro, en una nueva era de jóvenes que luchan por ser únicos siguiendo cánones y patrones poco convencionales que nos muestra la TV (pues sí: ahora los medios promueven la cultura “under” como algo novedoso a lo que aspirar) resulta que todos, al querer ser diferentes, se vuelven idénticamente diferentes: idénticamente únicos: y la lucha antisistémica se vuelve la nueva moda.

“Quizá por eso se suicidó Kurt Cobain” escuché decir una vez a un joven “porque, luchando por no ser un producto de la moda, resultó convirtiéndose en un nuevo producto: un “antiproducto” que, finalmente, se volvió la moda de los noventa”.

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 1 Tyler Durden, personaje alter ego interpretado por el actor Brad Pitt en “Fight Club”


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